
Era un sábado de verano. El sol rajaba la tierra, por la calle solo iban niños jugando al carnaval, o yendo a la plaza. Emprendimos los dos, camino hacia allí.
Tati ya tenía su carácter y era la época donde todo el tiempo quería imponer su punto de vista de las cosas, hacía caprichos y no me hacía caso, ni a mí, ni a nadie.
Después de dar unas vueltas en una calesita, tirarse por el tobogán, algo en la arena, bajo un árbol, llamó su atención: un pichón de gorrión que agarró entre sus manitos sin temor, diciendo que lo quería llevar a casa, que sería su mascota. Traté de persuadirlo, diciendole que debía hacerle caso a la mamá, que debía volver a la casa el pajarito.
“ Nooooo, no le hace caso a la mamá, le hace caso al papá!!! Tiene mamá y papá” gritaba enfurecido, mientras el pichoncito lo miraba buscando compasión. Ya la integridad física del polluelo y la psíquica de mi hijo peligraba (si lo asfixiaba) entonces lo convencí para que lo dejara en el suelo y pudiese volver con su familia. A regañadientes, aceptó.
“ Nooooo, no le hace caso a la mamá, le hace caso al papá!!! Tiene mamá y papá” gritaba enfurecido, mientras el pichoncito lo miraba buscando compasión. Ya la integridad física del polluelo y la psíquica de mi hijo peligraba (si lo asfixiaba) entonces lo convencí para que lo dejara en el suelo y pudiese volver con su familia. A regañadientes, aceptó.